La trampa del ejercicio: herramienta para comer más/para castigarse por lo que comí.

En los cinco años que tengo de estar haciendo ejercicio por gusto, he pasado por diferentes etapas en mi relación con la comida y con el ejercicio. No siempre fui consciente de esto.

Primero empecemos porque entre más ejercicio hace uno y entre más músculo tiene, más se acelera su metabolismo (¡da más hambre!). A esto hay que agregar el dato que toda mi vida he sido una sucker por lo dulce. NUNCA me van a ver compartir un postre, si les comparto probablemente es porque esté feo. Comerme una caja de donas de una sentada es todo menos un reto, en fin, creo que entienden la idea de mi relación con la comida dulce.

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En fin, el año pasado pasé por una muy mala etapa en mi relación con el ejercicio y la comida. Sin embargo, fue hasta este año que me di cuenta. Siento que varios de nosotros tenemos esa idea del que “peca y reza empata”, entonces al estar haciendo tanto ejercicio yo encontraba la manera de justificar comerme la torta chilena de Samar que tanto amo. Ojo, ¡no hay NADA de malo con comer torta chilena! El problema inicial era que me la comía y me sentía súper culpable.

Para ir mitigando esa culpa, hacía todavía más ejercicio, no descansaba lo suficiente y los días que podía manejar la ansiedad comía menos harinas (otra de esas ideas erróneas, los carbohidratos como enemigos) que las que me mandaba la nutricionista, todo para “salir tablas”. Entonces lentamente el ejercicio era un arma de doble filo. Por un lado, lo usaba para comer más, pero por otro lado lo usaba para castigarme por lo que comía “de más”.

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Esto solo empeoraba el problema, porque el comer MENOS de lo que mi cuerpo necesitaba me llevaba a estar más ansiosa y esa ansiedad eventualmente desbocaba en que yo tuviera un mega atracón. Ya no era solo la torta chilena, era una empanada, una bolsa de doritos, un plato de pasta y para cerrar una dona (un ejemplo REAL). Entonces volvía a empezar el ciclo, comer menos y entrenar más para nunca salir de ese círculo vicioso.

Hace cinco meses me operaron y tuve dos meses de reposo total. Después fui entrenando poco a poco otra vez, todo fue muy gradual por ser cirugía ortopédica. Esto me ayudo a darme cuenta de los malos patrones que había venido siguiendo. Ahora que agradecía tanto el estarme moviendo nuevamente, estaba entrenando otra vez porque me ENCANTABA no porque sentía que TENIA QUE.

Hay días que quiero entrenar dos horas y le doy, otros días no tengo tantas ganas de algo largo intenso sino de más corto de duración y tranquilo y ¡esto está bien también!! ¡No debería ser una obligación, es más bien un PRIVILEGIO poder estar sanos y usar nuestros cuerpos! Lo estoy disfrutando otra vez, parte clave que ni me di cuenta en que momento la perdí.

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Volví a enamorarme del proceso. Me siento otra vez cómoda en mi cuerpo, aunque esté a unos kilos de mi “peso ideal”, aunque hay días en que no me siento tan cómoda, en general me siento feliz y tranquila y eso no tiene precio. Ya no tiene la comida ese poder que le había dado yo solita sobre mí. Ni el número en la báscula determina lo feliz que me siento conmigo misma (además que aprendí que no importa tanto el número sino de qué está compuesto).

Hago ejercicio porque puedo, porque me gusta, porque es bueno para mí a corto y a largo plazo. Estoy “playing the long game” y al mismo tiempo disfruto la vida. Ya no me restrinjo cuando salgo a cenar con mis amigas porque “no calza con mis macros”. Nada pasa si no se come perfecto todos los días, si se sale del plan alimenticio varias veces a la semana. Todo con medida (incluidos y ESPECIALMENTE el ejercicio y la alimentación).

No, no satisfago todos mis gustos. Como les dije soy fanática del dulce, si comiera dulce cada vez que quiero sería diabética probablemente pero ya no le tengo miedo ni lo veo como castigo ni como recompensa.

En fin, no es ni el ejercicio un castigo por lo que comí ni la manera de comer de más (siempre lo dijeron, pero nunca lo creí hasta que lo viví, es 70% alimentación 30% ejercicio: abs are made in the kitchen!). El poder hacer ejercicio es un privilegio, es chivísima. Ni es la comida una recompensa por lo que entrené ni la manera de manejar mis emociones, es también un privilegio y al mismo tiempo la gasolina que se le da al cuerpo y a la mente.

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